En el Centro Arte para la Paz creemos que el arte puede transformar vidas. Y después de más de 20 años de trabajo en Suchitoto y sus comunidades, nuestras cifras lo confirman: decenas de miles de personas han encontrado en este espacio una oportunidad para sanar, aprender, expresarse y convivir.
Nuestro impacto no solo se mide en números, sino también en historias reales. Personas con nombre y apellido que han descubierto en el arte una forma de reconstruirse, de conectarse con su historia y de imaginar un futuro mejor.
Nuestro impacto vive en las niñas que se atreven a alzar la voz en un taller de canto, en los jóvenes que filman la historia de su comunidad, en las personas mayores que se reencuentran con sus recuerdos en el museo. Cada número es una vida tocada por el arte y la paz. Y todo esto ha sido posible gracias a la entrega de nuestro equipo, al compromiso de la comunidad y al apoyo de personas como tú.
La historia de Getsemaní:
He sabido aprovechar las oportunidades
para realizar lo que me apasiona

Ella es Getsemaní, una joven de 37 años de El Salvador. Le gusta escuchar a su familia y cumplir con las obligaciones que le piden. Es muy alegre y amante de la música. De niña, frente al espejo, se imaginaba tocando instrumentos que ni siquiera sabía que existían, y ya más grande, disfrutaba de la música pop o ritmos movidos que la invitarán a bailar.
Descubrió la música clásica y su cabeza voló más alto. Con los ojos cerrados imaginaba una gran orquesta con variedad de instrumentos y que la transportaba a un sitio mágico.
Su familia no aprobaba esa pasión y le decía que dejará de pensar tanto en la música, que no servía para nada, ni le daría de comer. Le negaron rotundamente tomar clases de piano porque eso sería una pérdida de dinero.
Getsemaní, para evitar disgustos, apartó temporalmente esa idea de su cabeza y se centró en la Universidad. Decidió estudiar Arquitectura porque también esta disciplina la conectaba con el arte y la historia, que tanto le gustaba. También es una apasionada de las edificaciones y ciudades perdidas.
Un día su prima le pide que la acompañe a inscribirse a unos talleres que había descubierto en el pueblo, en un lugar llamado CAP (Centro Arte para la Paz) donde se ofrecían talleres de música gratis. Getsemaní casi se cae de emoción al enterarse que tenía tan cerquita el lugar que siempre había buscado.
Getsemaní llega al CAP y se inscribe en sus primeras clases de teclado y saxofón. Al principio no fue fácil, porque la carrera era altamente demandante; pero ella aprovechaba cualquier momento para seguir tomando sus clases. Por supuesto, su familia seguía sin apoyarla y ella tenía que demostrar continuamente que no iba a descuidar sus estudios, aunque aprendiera música. La ventaja es que no necesitaba pagar las clases y eso fue fundamental para seguir.
A Getsemaní le gustaba ir al CAP porque era un lugar tranquilo donde se sentía cómoda. Además, el aprendizaje, tanto teórico como práctico era casi personalizado. Los grupos eran pequeños y cada quien contaba con un instrumento para practicar cómodamente. Su desempeño fue tan bueno, que a través del CAP fue seleccionada para formar parte de “Músicos sin fronteras”, un programa de 3 años avalado por el Ministerio de Educación de El Salvador y que forma a artistas.
Actualmente, Getsemaní es licenciada en Arquitectura y una artista calificada. Cumplió con la promesa de terminar la carrera que su familia le exigía y ahora se dedica por completo a la música. Vive de ella como docente. Ha dictado talleres para más de 100 niños salvadoreños, donde les enseña a conectar con su cuerpo, escuchar y darse cuidados a través de la música.
La historia de Fidel:
La oportunidad que me permitió
conectar con mi pasión

Él es Fidel, un joven de 29 años de El Salvador. Vivió hasta hace unos años con su mamá y su hermano menor. Él dice que ambos son su razón de vivir.
Le encanta la pintura, recuerda que cuando era niño, además de jugar, le gustaba ponerse a pintar con sus colores en todos los papeles que llegaban a sus manos.
Por eso, él cree que se inclinó a estudiar diseño gráfico en la universidad, aunque cuando estuvo ahí, reafirmó que lo suyo era la pintura. Lamentablemente, tuvo que dejar de estudiar; porque no había nadie que cuidara a su hermano menor mientras su mamá trabajaba y el dinero ya no alcanzaba. Fidel aceptó la situación, pero se sentía frustrado, por momentos enojado. Todos los días pensaba qué hacer; pero era tan difícil todo, que se acostaba triste y, a veces, resignado.
A los meses, un amigo que había conocido en la universidad, lo fue a buscar y le comentó que se había enterado de un lugar llamado CAP (Centro Arte para la Paz) que dictaba talleres de dibujo y pintura de manera gratuita. Fidel recuerda que la noticia le alegró y, como creyente que es, sintió que habían escuchado sus súplicas.
Fidel tuvo que asistir a sus clases de manera virtual, porque durante ese tiempo llegó la pandemia por Covid 19. Eso lo preocupó, pero CAP y sus docentes adaptaron su metodología a un formato digital. Fidel siente que cada clase le ayudaba a aprender algunas técnicas nuevas y mejorarlas. Incluso, empezó a tener un estilo propio.
Actualmente Fidel ha realizado 3 exposiciones de sus obras y ha vendido pinturas que le han permitido hacerse cargo de él, su mamá y su hermano menor.
Fidel es uno de los más de 16,000 jóvenes que el CAP ha apoyado en su interés hacia las artes y la conexión con su capacidad creativa para conseguir que forme parte del grupo de jóvenes salvadoreños que se quedan en su país sin verse obligados a emigrar –tan solo 4 de cada 10.